El feminismo, en su estado más puro y despojado de adornos corporativos o discursos endulzados, significa libertad absoluta. La libertad de decidir si quieres ser madre o no, si quieres casarte o no, de exigir sueldos justos y de construir una carrera sin pedirle permiso ni perdón a nadie. No es un eslogan de mercadotecnia ni una pose para colgar en redes sociales; es la estructura básica que nos permite no depender de un hombre para sostener nuestra existencia. Sin embargo, basta con encender la pantalla para darnos cuenta de que vivimos en un mundo que insiste en empujarnos hacia atrás. Por un lado, tenemos la romantización digital del movimiento tradwife, encarnado en figuras como Erika Kirk, la viuda conservadora que en foros públicos y congresos promueve ideas desfasadas como el "voto por hogar" o la entrega de la potestad política al "jefe de familia". Resulta un chiste siniestro y una hipocresía monumental: mujeres con plataformas millonarias, empresas y vidas públicas monetizadas que le dicen a otras que se queden en casa, que se callen y que pidan permiso para hablar. Si hoy ellas tienen un micrófono para escupir ese discurso, es precisamente gracias a las feministas que arriesgaron y entregaron la vida para que las mujeres tuviéramos voz. Cuestionar el sufragio femenino o vender la sumisión como una estética "bonita" no es una elección vanguardista; es lavado de cerebro. Esta nostalgia por el sometimiento no surge en la nada. Se conecta directamente con la advertencia de The Handmaid’s Tale. Gilead no es una mera fantasía de ficción; está inspirada en hechos reales, en cómo los derechos de las mujeres pueden ser arrebatados de la noche a la mañana cuando nos descuidamos, tal como lo vemos hoy con los regímenes extremistas que prohíben a las mujeres educarse o vestir libremente. La distopía no está lejos si dejamos que el discurso conservador siga avanzando. Pero el problema no solo viene de afuera; también viene desde adentro, cuando el movimiento se instrumentaliza. El caso mediatizado alrededor de Rafael Poveda expone una perversión peligrosa del sistema: el uso del feminismo y de la bandera del "instinto de supervivencia" como un arma despechada cuando no se consiguen metas o ideales personales. Cuando una mujer utiliza el discurso de víctima sin fundamento, no solo comete una injusticia individual, sino que le inflige un daño devastador a la causa colectiva. Esa manipulación es la razón directa por la que a las mujeres que realmente son víctimas de violencia, abuso o acoso no se les toma en serio, obligándolas a atravesar procesos humillantes de revictimización y hiper-comprobación para que les crean. Utilizar una lucha de sangre y sufrimiento como estrategia de despecho o chantaje es una traición al feminismo real. Y es que el agotamiento de la mujer contemporánea ya es lo suficientemente pesado. Las mujeres millennials fuimos criadas con la consigna de "estudia para que no dependas de nadie", pero nos chocamos contra un sistema hipócrita. Vivimos en una sociedad plagada de padres irresponsables, donde la pensión alimenticia es una burla fijada al salario formal de un hombre que simplemente dice "no tengo" o "no me alcanza", mientras la madre tiene que cubrir sola la comida, los uniformes, las medicinas y el futuro de los hijos. No hay tribunal que mida el desgaste físico, emocional y las horas de sueño perdidas de una mujer que tiene que ser 4x4. Ante esta sobrecarga inhumana, es comprensible que muchas se pregunten si el pasado no era "más fácil". Pero la solución jamás será volver a la jaula, ni tampoco desvirtuar la lucha con denuncias falsas. La polarización actual refleja un sistema económico y legal que no es empático con la maternidad ni con las necesidades reales del trabajo digno.
La verdad sin adornos:
El feminismo real busca proteger el derecho de la mujer a decidir y ser protegida por la ley, no justificar la irresponsabilidad masculina ni servir de escudo para manipulaciones personales. El sistema le sigue fallando a las mujeres, pero el oportunismo de unas pocas termina condenando al silencio a las verdaderas víctimas.